POR LOS PAGOS
DE DON FELIDOR

LA CARRETERA AUSTRAL CHILENA

Texto y fotos: Guido Piotrkowski

POR LOS PAGOS DE DON FELIDOR

Texto y fotos: Guido Piotrkowski

Cuando uno entra a Villa Cerro Castillo, lo primero que ve es un pueblito de casas pequeñas, pintaditas, perfectas. Acá viven unas 400 personas que se dedican a la ganadería, pero antes eran más. Es que Coyhaique, la ciudad cabecera de esta zona, la región de Aysén, en el sur de Chile, creció y atrajo pobladores de aquí y de allá en busca de mano de obra. No es este el caso de Don Felidor Sandoval, irremediablemente campero, quien optó por quedarse en sus tierras. Gauchazo, fanático y campeón de rodeo, “Don Feli” es también un emprendedor: lleva diez temporadas con su campo Las Araucarias orientado al turismo, donde recibe viajeros, los agasaja con un rico cordero al asador, los lleva a cabalgar, a caminar por los alrededores.
“Antes me dedicaba al campo, y de a poquito empezamos con las excursiones al Cerro Castillo”, cuenta el hombre, mientras condimenta con una vinagreta casera el cordero, que en instantes irá a las brasas. “Es un cordero de temporada, tiene cuatro meses. Es blandito, no como los que comen al otro lado de la cordillera, que
se alimentan a puro coirón, pasto duro. Acá los pastos son blandos”, chicanea Don Feli. Eximio jinete, el hombre tiene una veintena de caballos mansos para que todos puedan montar. Durante el almuerzo describe los paseos que hace, como el que va hasta el glaciar en el Cerro Castillo, una vuelta de todo el día. Y como para no dejarnos con las ganas, después del cordero el hombre invita una cabalgata corta hasta la costa del Río Ibañez, un paseo suave que termina en un cerrito, un
mirador natural de una belleza exhuberante. La Carretera Austral es una ruta en relieve que serpentea entre bosques, ríos, y cascadas; que se aproxima a la vera de lagos, al pie montañas y glaciares; que atraviesa pintorescas localidades. Una costa en la que se dibujan fiordos y ocasos memorables, la principal vía de transporte terrestre de la región de Aysén, ubicada en la undécima región chilena, que abarca unos 1200 km desde Puerto Montt hasta Villa O’Higgins. Es la columna vertebral de la Patagonia trasandina. Un “camino de ida”.
A la altura de Neuquén, en Argentina, Puyuhuapi es un fiordo chileno por cuyo poblado principal pasa esta carretera. Puyuhuapi creció con la llegada de los colonos alemanes en la década de 1950, quienes dejaron su sello en la arquitectura y la gastronomía. Así, la impronta europea se fusiona con las costumbres locales más antiguas de los chonos, habitantes primigenios de la región, indios canoeros, marisqueros y cazadores de lobos marinos, a los que les quitaban la piel para vestirse.
El pueblo es el eje para conocer el Parque Nacional Queulat, que atesora un glaciar y sitios misteriosos, como el Bosque Encantado. “Soy parte del inventario”, dice, una vez allí, Sergio Manríquez, el guardaparques que lleva treinta años custodiando este paraje indómito.

LA COLUMNA VERTEBRAL DE LA PATAGONIA TRASANDINA
ES UN CAMINO DE IDA

Claro que una treintena no es nada en comparación con los miles de años que lleva “colgado” el Ventisquero del Queulat, ese manchón blanco de hielo ubicado en la hendidura de una montaña rocosa, y que alimenta con su caída de agua el lago Témpanos, lo que hace de ello un espectáculo hipnótico. La historia de la islita Raúl Marín Balmaceda está ligada a otra isla mucho más grande: Chiloé, desde donde llegaron también los chonos. “Marín es el pueblo más antiguo de la región, tiene 125 años; somos tres o cuatro generaciones”, reivindica Jonathan Hechenleitner, bisnieto de un colono alemán llegado desde la localidad chilena de Frutillar en 1951. “Nosotros nos hemos ido formando con rasgos culturales de muchos sitios; no es una sola cultura, sino una mezcla de varias que genera nuestra propia identidad”, explica Jonathan, mate en mano, en la puerta de su alojamiento familiar, la Hostería Valle del Palena. Jonathan es uno de los impulsores del turismo en la isla, activista de la organización ecologista “Patagonia sin Represas”. También participa en un emprendimiento familiar de conservas de mariscos
y pescados. “Nos criamos arriba de los botes, una idiosincrasia de pesca de mar”, dice. Luego nos invita a recorrer esta diminuta isla de 300 habitantes, en el golfo del Corcovado.
Caminamos hacia la playa, pasamos por la escuela y el muelle, y recorremos los dos senderos que armaron entre todos en la comunidad. Es un trekking de tres horas que se adentra en un bosque húmedo donde crecen arrayanes; desemboca en un desierto de
dunas inmensas.
“Esto es parte de lo bonito de Marín: es un pueblo de casas dispersas en medio del bosque, tiene una mística especial –dice Hechenleitner-. Cuando pasas por aquí en el barco, no ves las casas. Y los pasajeros se preguntan si es verdad que aquí sigue viviendo gente”

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