NAPOLES INTERIOR

Texto: Ana Wajszczuk | Fotos: Antonio Riccio

NAPOLES INTERIOR

Texto: Ana Wajszczuk | Fotos: Antonio Riccio

Hay que bajar. “Desciende, viajero intrépido”, dice el mensaje en código que desafía al Profesor Lidenbrock y a Axel, su sobrino, en Viaje al centro de la tierra, la novela de Julio Verne. Lo que ambos descubren, una vez embarcados en la travesía, es que bajo el suelo que pisan no sólo se llega al centro de la Tierra, sino también al pasado. Así sucede en el distrito de La Sanità, al norte de Nápoles, Italia: el pasado vive debajo de la tierra, en las catacumbas que corren a la par del barrio y se abren bajo su suelo como ramas de un árbol subterráneo. Ahí, excavadas en la tufa, la piedra volcánica y porosa sobre donde se asienta toda Nápoles, hay una ciudad paralela de calles y vestíbulos, de nichos y recovecos. Y apenas se baja, la luz disminuye y cambia la textura del aire, que se vuelve húmedo y marino: las señales de ingreso a otro mundo. Durante centurias, La Sanità estuvo fuera de los límites urbanos. Como la sepultura estaba prohibida dentro de las murallas que delimitaban la Nápoles grecorromana, este distrito era la necrópolis donde los ricos y los pobres, los ciudadanos y los don nadie, todos ellos, querían ser enterrados. Las catacumbas de San Gennaro, patrón de Nápoles, excavadas en la tufa de la colina de Capodimonte, donde las reliquias del santo estuvieron enterradas en el siglo IV –hoy están en la catedral napolitana-, tienen en las paredes frescos de los primeros años del cristianismo sobre íconos paganos; huecos en el piso que señalan las tumbas de los pobres; nichos en cubículos que marcan las sepulturas de los ricos. Son capas sobre capas de una tradición –el contacto con el más allá a través de los muertos- que fue cambiando su forma, pero no su fervor.
Y si la devoción por los santos y los obispos allí enterrados manda en San Gennaro, también lo hace en San Gaudioso, las catacumbas que están detrás del altar mayor de la Basilica di Santa Maria della Sanità, adonde se enterró al obispo africano que les dio nombre, quien llegó a Nápoles en el año 439 después de Cristo. Abandonadas durante la Alta Edad Media y redescubiertas en el siglo XVI como sitio de enterramiento, un ritual se puso de moda durante ese siglo y el siguiente: los nobles pagaban durante toda su vida a la Iglesia católica para asegurarse, llegada su muerte, de que su calavera fuera expuesta en un hueco de la catacumba y se pintara en la pared la figura de un esqueleto a imagen y semejanza suya para adoración de los peregrinos. Todavía hoy puede verse a un hombre con su capa o a una madonna con esa pose tan napolitana: los brazos en jarra. También está la figura de Giovanni Balducci, el pintor que siempre trabajó gratis para la Iglesia con el propósito de ganarse un lugar en estas catacumbas, y para que, siglos después, aún lo visiten esos viajeros intrépidos antes de volver a subir al mundo de los vivos.

Mostrar más información

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

o    

¿Olvidó sus datos?

Create Account