AIRE SERÉ

LUXOR, EGIPTO

CAPADOCIA, TURQUIA

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LUXOR, EGIPTO

Texto y fotos: Alejandro Corvetto

Volar en globo en Capadocia, Turquía y Luxor, Egipto. El cielo comienza a enrojecerse, hacia el este. Varios globos ya vuelan sobre nosotros, iluminando intermitentemente por las llamaradas de sus quemadores.

Son las 5 de la mañana en Luxor, la ciudad capital del Imperio Nuevo (1570-1070 a. C.) en el antiguo Egipto. Luego de una breve charla de seguridad, subimos a la góndola de nuestro globo, para despegar. Mientras nos alejamos del suelo, las terrazas escalonadas del templo de Hatshepsut se nos revelan.

Volando el Valle de Los Reyes

Podemos ver cómo las primeras luces de la mañana se van colando entre las columnas, iluminando sus relieves, tal como lo han hecho a lo largo de 3500 años. Más atrás, divisamos el Valle de los Reyes, la última morada de tantos faraones, como Ramsés II y Tutankamón. Hacia el oriente, lejanos, los templos de Luxor y Karnak se mezclan con el reflejo del sol sobre el Nilo.

Egipto se ve imponente desde esta nueva perspectiva. Ahora ya es de día y el viento nos lleva hacia el sur. Abajo, las márgenes del Nilo son franjas verdes llenas de vida que contrastan con las montañas del desierto. “Estamos casi a mil metros de altura” nos dice el piloto, sonriendo.

Miro hacia abajo y al ver los diminutos edificios de la ciudad me estremezco, porque sólo el mimbre de la góndola nos separa del suelo. Levanto la vista y veo el resto de los globos esparcidos por el cielo. La escena es demasiado bella y me tranquiliza. Estamos flotando sobre miles de años de historia.

CAPADOCIA, TURQUIA

Texto: Josefina Lamenza. Fotos: Pablo Fernandez.

Esa noche, como todas las noches, dormimos en una cueva. La piedra fría estaba decorada con alfombras gruesas y ojos turcos. Una cueva no tiene porqué ser un lugar sombrío. La nuestra no lo era. Por la noche, las formaciones de arenisca blanca se prendían como velitas derretidas en el altar de un santo. Cappadocia era una maqueta brillante, de casas talladas en la roca.

Preparando los globos

Hay que empezar de noche para subir al sol. En un local amplio con dos largas mesas y un dispenser con agua, nos sirven té con galletas. Afuera, un equipo de hombres fornidos suben largos retazos de lona plegada en tres camionetas.

Nosotros no sabemos qué vendrá, pero lo esperamos con ansias. Surcamos el fértil valle de chimeneas calcáreas y llegamos una hora antes de que asome el sol. Nos amontonamos 16 en una canasta del tamaño de un ascensor, dividida en compartimentos que albergan dos o tres personas.

Atardecer en el Aire en Capadocia, Turquía

Los fornidos acomodan las lonas de metros y metros a un costado. Luego nuestro conductor se ubica en el centro de la canasta y sin preámbulos dispara la primera ráfaga, que ensordece por su estridencia. El globo comienza a llenarse de aire sobre nuestras cabezas.

Presiento que vamos a despegar despedidos como en un cohete pero, en cambio, comenzamos a levitar en un susurro imperceptible y nos alejamos del suelo de a poco. Volamos lento –hacia arriba, abajo, adelante, atrás- empujados por el antojo de la brisa.

Con el amanecer aparece un centenar de globos flotando en el horizonte. Cada globo respira a su compás y juntos bailan una danza solemne, que se repetirá todas las mañanas que el viento permita.

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